Petare, el bastión chavista erosionado por la oposición

Petare (enviado especial) – El barrio (en términos argentinos, villa de emergencia) de San Isidro resulta amigable, más si se lo recorre acompañado de alguien querido por los vecinos. Las puertas de las casas se abren, las manos se estrechan, las lenguas se sueltan. Todos dicen que no hay peligro de andar por la calle, pese a la fama del lugar. “No pasa nada hasta la noche. Después de las seis no conviene salir”, aclaran. Sin embargo, aunque el paisaje no llega a mostrar los alambrados electrificados ubicados encima de los muros perimetrales de los edificios y casas de la clase acomodada, está plagado de rejas. El miedo no es zonzo.

El aspecto de esta zona del extremo oriental del Gran Caracas es similar al de cualquier villa de emergencia de nuestro país: pasillos estrechos, casas apretadas, mucho ladrillo hueco sin revoque, residuos sin recoger. Hay casas mejores y casas más precarias, todas levantadas con el esfuerzo de sus ocupantes, pero no hay “ranchos” de chapa, característica ésta última de los asentamientos nuevos.

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San Isidro es uno de los dos mil barrios del Petare (municipio de Sucre), el mayor conglomerado de villas de emergencia de Venezuela. Se apiñan aquí unas dos millones de personas, en su mayoría fieles a la Revolución Bolivariana.Haber venido en 1990 (antes de todo) y volver ahora, encontrarlo más grande que nunca y tan abandonado como siempre, permite preguntarse qué ha cambiado para su gente, esto es por las causas de esa lealtad política. Más aun cuando, debido a que Sucre es también el hogar de buena parte de la clase media alta del país, da lugar un fenómeno político peculiar: aquí gobierna la derecha, Primero Justicia, el partido de Henrique Capriles, a través del alcalde Carlos Ocariz. Capriles, aportando más a esa curiosidad, se convirtió en 2008 en gobernador del estado de Miranda, que incluye a este municipio, y acaba de ser reelecto en diciembre último. Ambos triunfos, por si fuera poco, fueron contra dos pesos pesados del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV): el exgobernador Diosdado Cabello y el actual canciller y exvicepresidente Elías Jaua. Sucre y Miranda son un enigma. Para resolverlo hay que entrar a las casas.

Los vecinos le abren la puerta al visitante con generosidad, le hablan con libertad y confianza, y hasta invitan a sacar fotos, lo que se limita por pudor.

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Todos tienen televisión, por antena o por cable. Cuentan con luz, muchos “colgados”. Poseen, en muchos casos, lavarropas y heladeras de antigüedad diversa y, en menor medida, DVD y hasta equipos de audio.

Un estudio realizado el año pasado por el instituto de sondeos Datanálisis, crítico del chavismo pero que no hace “militancia estadística”, indicó que el 77% de la población venezolana vive en casas o departamentos “sencillos”, o directamente en “ranchos”. En el estrato social más pobre, el 86% accedió a un teléfono celular, el 70% a un lavarropas y el 60% al cable, aunque muchos estén “colgados”. Esto es producto de una mejora del consumo y de planes de ayuda gubernamental a través de la banca estatal, como “Mi Casa Bien Equipada”. Así, es posible que el barrio se muestre tan crecido y precario a la vista, como que la Revolución pueda exhibir el haber reducido la pobreza del 49,4% en 1999, cuando Chávez llegó al poder, al 27,8 en 2011. El mayor cambio se produjo puertas adentro.

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Con todo, la vida sigue siendo muy difícil y un drama especial es el del agua. La mitad de la población de los barrios cuenta con red y cloacas, pero aquélla les llega cada ocho días, más o menos. El resto del tiempo, la canilla no entrega nada. La única alternativa es almacenarla en tanques, comprarla… o hacer lo que se pueda.

Oneida Vera, chavista de corazón, es la encargada de una Casa de Alimentación, donde se sirve almuerzo y merienda para 150 personas cada día. Los chicos y las mujeres llegan con sus “tuppers” y vuelven a sus casas a comer en familia, una opción mucho mejor que la de los comedores tradicionales. Y si hace falta, también llevan para sus padres.

Oneida atiende un llamado: un nuevo necesitado se hace presentar por un amigo. “Que venga con una fotocopia de su cédula o partida de nacimiento y ya, no hay ningún problema”, dice ella.

“Todo, la carne, el pollo, las hortalizas, las verduras, todo lo envía el gobierno en un camión que llega una vez por semana”, explica.

Si tuviera que elegir una cosa, sólo una, la más importante, que le haya dado Chávez, ¿cuál sería? “Lo cariñoso que fue con el pueblo, sobre todo con los niños”, se conmueve. Reconocimiento, visibilidad, autoestima: ése es el legado crucial del chavismo, más importante incluso que las mejoras materiales, algo de lo que no se vuelve. “Déjà vu” peronista.

En el Centro, un colaborador que descansa sobre una hamaca confiesa que es opositor. No da muchas explicaciones, pero asegura que, pese a las diferencias políticas, la convivencia con los vecinos “es normal”.

Muy cerca, más abajo de la calle principal de San Isidro, hay una canchita de fútbol cubierta. Hoy no hay clases, y un grupo de chicos y chicas juegan en medio del bullicio contagioso del gozo infantil. La mano de la Revolución acercó el único espacio recreativo, amén de otros más pequeños y modestos, que cuentan con alguna mesa de “futbolito” y poco más, aportados por el trabajo de curas de base, alejados ellos de la matriz bolivariana.

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Como se ve, el chavismo predomina entre los pobres del lugar, pero no es la opción excluyente. El “señor Caballero” es constructor, y tampoco gusta de la Revolución. “Las cosas están un desastre”, dice con seguridad. “La harina pan pasó de 6 a 30 bolívares, así que imagínese”, explica. “La devaluación, más de un 40%, complica todo. Si esto sigue así nos vamos pa’ bajo. Aquí hace falta un cambio”, completa.

Tarcisia tiene 78 años, es enfermera jubilada, católica fervorosa y asegura, cuando se le pregunta por la política, que jamás vota. “No creo en eso, sólo creo en Jesucristo”, señala.

La visita es ruidosa para una casa que, aunque prolija, es muy pequeña. La charla despierta a su hijo Franklin, que duerme en una habitación pegada al comedor, separada sólo por una cortina. Él no se enoja, y se pone a preparar un rico café venezolano para la visita inesperada, muy cortito, claro: la generosidad puede complicar el consumo familiar de los próximos días. Tarcisia no toma: es diabética, tiene cinco hernias de disco y problemas digestivos, alega. ¿Se tiene que cuidar o ahorra con delicadeza para no ofender al huésped?

De a poco, va soltando prenda. “Aunque no me gusta la política, a mí el presidente Chávez me subió la pensión. Le regaló un apartamento bueno a mi hija, también uno a mi nieta. Mis hijos, que crecieron antes de la Revolución, no pudieron ir al liceo (secundaria). Mis nietos, en cambio, son todos bachilleres y una está en Medicina”, cuenta. “Yo no le tenía rabia al presidente muerto, y estoy de acuerdo con él en que todos seamos iguales”, se justifica.

Franklin es directamente chavista. “Hay que estar agradecido, aunque a mí la Revolución no me ha dado nada, porque puedo ganarme la vida con mi sudor y no tengo necesidad. ¿Para qué voy a andar pidiendo si hay gente que necesita más?”, razona.

El catolicismo está fuertemente atado a los sentimientos antichavistas, pese a la devoción de la que hacía gala Chávez: el cuco del comunismo puede más. El mismo Capriles suele encabezar sus actos rosario en cuello, rezar desde el escenario, ponerse en manos de la Virgen. Fernando, camionero, confiesa que votó por Chávez “pero sólo la primera vez”. Reza luego el conocido avemaría antichavista (inseguridad, corrupción, inflación) para fundamentar su vuelco y ser otra “rara avis” en su comunidad. Reconoce, sin embargo, que con la Revolución“hay un acceso mucho más fácil a los médicos y a los medicamentos, a la escuela, y es cierto que hoy es mucho más fácil para los muchachos ir a la universidad”. ¿Y entonces? ¿Sería menos antichavista si los bolivarianos no hablaran tanto de socialismo y no se vistieran de rojo? “Ah, eso sí puede ser”, sonríe.

Los catorce años de Revolución redujeron el analfabetismo en un 50%, con ayuda cubana. La matrícula de las escuelas secundarias pasó del 47% al 73%, y la universitaria creció un 200%. La mortalidad infantil, entretanto, se desplomó casi a la mitad, lo mismo que la desnutrición. El petróleo de 100 dólares lo hizo.

Unos trescientos metros más abajo por la calle principal de San Isidro, todo parece más espeso. Los umbrales comienzan a estar ocupados por grupos de muchachos sin ocupación aparente en un viernes a las dos de la tarde. Uno se apoya en muletas y tiene un grueso vendaje en su pierna izquierda. “Le metieron dos balazos”, explica nuestro acompañante.

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La calle termina poco después en una transversal de doble mano, al pie del cerro del que cuelga La Matica, un barrio que es decididamente “zona roja”. Tomando a la derecha, comienza otro, Los Trailers, en recuerdo al modo en que se alojó a los vecinos cuyas casas quedaron destruidas por un desmoronamiento de la montaña, fenómeno que causa estragos frecuentes en la época de lluvias. A poco de circular aparece una postal curiosa: policías del municipio de Sucre a bordo de dos patrulleros charlan con una mujer a las puertas de un vertedero ilegal de basura, El Bote. ¿No deberían intervenir? “Hoy es viernes, día de ‘martillo’” (coima), nos explica nuestro sherpa.

La recolección municipal de basura existe, pero es pésima, y no se mete en las entrañas de los barrios. Surge, entonces, el negocio privado: camiones que les cobran a los vecinos por llevar los desperdicios al vertedero a cielo abierto, donde se queman. Luego se trata sólo de arreglar con la policía, con la municipal y con la nacional también, que en eso las ideologías no cuentan. Al fin y al cabo, se arreglan cosas más pesadas que la basura. Aquí y allá.

Según cuentan, un grupo de chicas bravas de Los Trailers corrió a tiro limpio a los hombres y son ahora quienes regentean El Bote.

La cosa, parece, se pone fea cuando las bandas juveniles de ese barrio y las de La Matica circulan con sus motos y autos a la vez, se encuentran, se tirotean. Los negocios de drogas y las deudas son las otras causas de las balaceras.

La ONG Observatorio Venezolano de Violencia (OVV) estimó que el año pasado se produjeron 21.692 asesinatos en el país, lo que llevó la tasa a 73 por cada 100.000 habitantes. El gobierno rechaza semejante cifra, pero reconoció en 2011 una de 50 por cada 100.000 personas. Esta polémica es más fácil de saldar que la del Indec. Seamos bondadosos y tomemos la estadística oficial: es propia de un país en guerra y, además, el 98% de los casos quedan impunes.

La pobreza, se sabe, no es causa del delito ni de la violencia. Es más, los pobres son sus principales víctimas. Las grandes desigualdades pesan más, seguramente, así como factores culturales. Y, clave, la gran cantidad de armas en manos de la población.

En 2009, el diputado chavista Juan José Mendoza estimó que circulan en Venezuela entre 9 y 15 millones de armas de fuego ilegales. Casi la mitad de los 29 millones de habitantes del país. No debe sorprender, entonces, encontrar en los estacionamientos de los restaurantes, hoteles y centros comerciales carteles con la leyenda “zona libre de armas de fuego”. O, si uno se aloja en un hotel, tener que pasar por un detector de metales cada vez que se accede a áreas, como los bares, en las que los huéspedes se mezclan con gente de afuera.

Ya es hora de dejar el Petare. “En esta esquina ya murieron dieciséis personas”, nos cuentan al salir. Uno se va; ellos se quedan.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).

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